Cuánta embriaguez. Cuánto morboso éxtasis alrededor de unas copas, en la compañía exacta, junto a la luz y música adecuadas.

 Escena de todos los tiempos, escena del inconsciente, interminable en el cine y en la literatura, preferida por los románticos, el brindis de los amantes es más que una imagen simbólica. Es nuestra propia imagen, un espejo de nuestros deseos y la expresión máxima de la intimidad. La relación con el secreto y la complicidad, las palabras inconfesables, la expansión de los sentidos o su extraña rarefacción, hacen de la experiencia algo único, sólo comparable con el estado místico. El vino desinhibido que nos regala libertad al actuar, que acentúa nuestra sonrisa y nos impulsa al otro. El vino como incentivo a permitirnos ir más lejos, a transgredir los límites autoimpuestos. El vino que interviene las horas, desmigándolas y convirtiéndolas en tacto, al son de aromas, taninos y feromonas. Esta relación que nos relata la historia desde tiempos ancestrales, en palabras de un puñado de geniales escritores.
 

Neruda, con su “Estatuto del vino” y “Oda al vino”

demuestra poseer muy elevados conocimientos enológicos. El vino es un referente en toda su obra, citándolo en innumerables ocasiones. Cuando esa relación se conjuga con su gran motivo, la mujer, la grandeza de su pluma realiza composiciones notables, de una extrema belleza formal y sutil erótica:
 

“…Que el cántaro del vino
al peso del amor sume su beso
Amor mío, de pronto
tu cadera
es la curva colmada
de la copa
tu pecho es el racimo,
la luz del alcohol tu cabellera,
las uvas tus pezones,
tu ombligo sello puro
estampado en tu vientre de vasija
y tu amor, la cascada
de vino inextinguible,
la claridad que cae en mis sentidos,
el resplandor terrestre de la vida”


 
Su gran amigo, Federico García Lorca, dijo alguna vez de una botella de vino: “Cuánta conversación hay allí dentro”. Conversación e inspiración. Basta con ver las hermosas imágenes que encuentra en su compañía al desnudar su propia condición e implorar para sí el amor:
 

“…Pidiendo lo del hombre, Amor inmenso
y azul como los álamos del río…
…que me ponga en las manos la gran llave
que fuerce al infinito.
Sin terror y sin miedo ante la muerte,
escarchado de amor y de lirismo,
aunque me hiera el rayo como el árbol
y me quede sin hojas y sin grito.
Ahora tengo en la frente rosas blancas
y la copa rebosando vino”


 
También lo encontramos como elemento de tensión en medio de la tragedia, en ”Todos los fuegos el fuego” de Cortázar. Allí el procónsul ha descubierto la atracción que su Irene su mujer siente por Marco, el gladiador. Decide vengarse y la obliga a presenciar su muerte:
 
“…No has visto más que la mitad”, dice el procónsul, mojándose los labios en una copa de vino y ofreciéndosela a su mujer. Irene bebe un largo sorbo, que parece llevarse con su leve perfume el olor espeso y persistente de la sangre y el estiércol…” “…Irene sabe que el procónsul doblará la apuesta a favor del nubio, y que después la mirará amablemente y ordenará que le sirvan vino helado. Y ella beberá el vino...”
 

Pagará el precio de la imaginación, sabe que ha sido descubierta:

“…El veneno”, se dice Irene, “alguna vez encontraré el veneno, pero ahora acéptale la copa de vino, sé la más fuerte, espera tu hora…”.
 
Charles Baudelaire, de la generación de lo poetas malditos, se dirige a la amada en “El vino de los amantes”, buscando la complicidad del elíxir como vehículo al mutuo desenfreno:
 

“¡Hoy es espléndido el espacio!
Sin frenos, ni espuela, ni brida,
partamos a lomos del vino
hacia un cielo divino y mágico”


 
La uruguaya Alfonsina Storni basa su poesía en una temática fundamentalmente amorosa. Es coetánea del modernismo y se la liga al feminismo. La poeta, inmortal por la canción “Alfonsina y el mar”, en la leyenda se suicida internándose lentamente en él, aquejada por diversos males. Nos ha dejado algunas imágenes notables:
 

“No es que crea, no creo, si inclinado
sobre mis manos te sentí divino,
y me embriagué. Comprendo que este vino
no es para mí, mas juega y rueda el dado”


 
El novelista francés más importante de la primera mitad del siglo XIX, Honoré de Balzac, en su monumental Comedia Humana, se propone describir de un modo casi exhaustivo a la sociedad francesa de su tiempo. En “El elíxir de larga vida” nos aporta un retrato de lo que sucedía en los salones, una descripción de las fiestas de su tiempo:
 
“…Pero, talvez, al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso…”
La Sorprendente es descubrir en los textos sagrados menciones a la relación entre el vino y los amantes. En el “Cantar de los cantares”, atribuido al Rey Salomón, encontramos la magnífica experiencia entre dos personas que se desean hasta lo indecible. Todas las metáforas reflejan esa embriaguez, la vid y el vino, son sus protagonistas:
 
“…¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores…” “…Tu ombligo es un ánfora redonda, donde no falta el vino…” “…Tu talle se parece a la palmera, tus pechos, a los racimos. Me dije: Subiré a la palmera, recogeré sus frutos. ¡Sean tus pechos como racimos de uvas, el perfume de tu aliento como el de las manzanas, tu paladar como vino generoso!…” “…De mañana iremos a las viñas; veremos si la vid está en cierne, si las yemas se abren y florecen los granados. Allí te entregaré el don de mis amores…”

Numerosos ejemplos que nos hablan de esta simbiosis, numerosas escenas en que la presencia del vino augura la sensación de estados placenteros o, en su defecto, de desamor y de amargura ante la pérdida irremediable. “Donde no hay vino no hay amor”, dijo Eurípides. “Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, vacío debe estar el paraíso”, asevera en el siglo XI Omar Khayyan. Experiencia única, mezcla lúdica de romanticismo y erótica, de sensibilidad y sentimientos, esta delectable (con)fusión nos promete un viaje sin amarras y sin desperdicio. “El vino, cuando se bebe con inspiración sincera, sólo puede compararse al beso de una doncella”, nos deja Nicanor Parra. Creo en la veracidad de tales palabras, en “propagar el cántico del fruto”, tal y como lo plantea Neruda. No podemos restarnos a tal experiencia, que nos es inmanente. Todos somos el amante, todos buscamos el placer. Quizá debamos quedarnos con las palabras de Epicuro, el filósofo del placer por excelencia: “nunc est bibendum”: Ya es hora de beber.
 
Nicolás González Feliú.