Carmenère: el mito de Osiris, o el renacer de una cepa

En la leyenda, el dios más importante de toda la mitología egipcia, Osiris, enseñó a su pueblo a cultivar los campos, aprovechando las inundaciones anuales del Nilo, y cómo segar y recoger la cosecha para alimentarse.

 
Les enseñó cómo sembrar vides y obtener vino (Dionisio y Baco, sus asociaciones). Enseñó a los hombres el arte de la fermentación del vino que el mismo había creado. Más tarde, producto de una disputa con su hermano, es enterrado vivo y posteriormente descuartizado por él, que repartió su cuerpo por diferentes partes del Imperio. Hubo una que jamás fue encontrada.
 
Existen similitudes en lo acaecido con un vino, el Carmenère, cepa muy extendida en el Medoc hacia mediados del siglo XIX. Se le podía considerar la cepa más importante de Burdeos. Producto de la importación de vides nortaeamericanas desde Europa con el fin de ensayar especies y variedades resistentes al oídio, la filoxera (de la familia de los pulgones y parásito de la vid) aterriza en Francia y se propaga por el continente. La crisis es tan grande, que obliga a replantar casi todos los viñedos de Europa. Corre el año 1868. El Carmenère, arrasado, queda extinto como cepa, y entra en el olvido como toda especie que se extingue sobre la tierra.

Sucede en la leyenda que Isis, hermana y esposa del dios, recompone su cuerpo y  la parte faltante, los órganos sexuales, engendrando del dios muerto a su hijo. Es el año 1991 y  un extraño fenómeno ocurre en los viñedos chilenos. Ciertas plantas de Merlot maduran después que las del resto de su cuadra.
En Chile, a principios de los noventa, algunos técnicos tenían conciencia que había mucha confusión en la identificación de ciertas variedades. La primera voz de alerta la da Claude Valat, enólogo francés de visita en el país. Consultado por el hecho, dictamina: “Bien señores, no sé lo que es, pero estoy seguro que no es Merlot” Con ocasión del VI Congreso Latinoamericano de Viticultura y Enología de 1994, es invitado al país el ampelógrafo francés Jean Michel Boursiquot, del ENSA de Montpellier. Aprovechando su estadía se realizan visitas técnicas a viñedos y bodegas. Y se le pregunta por el extraño fenómeno. Su respuesta es simple: “Esto no es Cabernet Franc. Es Carmenère” ¿Cómo podía ser?
 
En el año 1850, los pioneros y visionarios de la viticultura chilena fueron a Francia con el objetivo de buscar buenas cepas, destinadas a reemplazar las antiguas variedades cultivadas durante el período de la colonia española y primeros años de la vida independiente. Tal y como se solía cultivar por ese entonces, esta introducción de variedades  correspondió a una mezcla de ellas. Entre todas, el Carmenère, disfrazada de Merlot, se cultiva como tal, y no es hasta un siglo después que se la identifica con todas sus particularidades. Este hecho fortuito, el rescate de la cepa tres lustros antes que asole la plaga, garantiza su supervivencia. En un único lugar del mundo.

Hoy es la variedad de moda

Con 63,4 millones de litros producidos en el año 2008, ya se ha hecho con el 9% de la producción chilena de vinos con denominación de origen.  Ha tenido una rápida progresión en un período de diez años, considerando que su entrada en producción es lenta. La variedad Carmenère pretende convertirse en la variedad emblemàtica del país, para lo cual ya fue propuesta. Si se tiene en consideración que en vitivinicultura se acostumbra a asociar una o más variedades de vid con una región determinada, de lo cual existen múltiples ejemplos (Sirah en Australia, Tannat en Uruguay, Zinfandel en California, etc), el caso chileno no contaba con esa posibilidad, y ahora tiene una oportunidad excepcional. Que no desaprovecha en absoluto.

En el Concurso Mundial de Bruselas 2008, de los diez vinos chilenos premiados con la Gran Medalla de Oro, cinco fueron Carmenère (Arboleda Carmenère, 2006, Viña Seña, Botalcura La Porfía Carmenère Gran Reserva 2005, Falernia Carmenère Reserva 2005, Torrealba Carmenère 2006, Viña Pérez Cruz Carmenère Reserva 2006) y un sexto, un ensamblaje. Con Medalla de Oro fueron premiados otros seis vinos. En el ámbito chileno, en el CatadOr Gran Hyatt Wine Awards 2008, de los doce vinos que recibieron Gran Medalla de Oro, cuatro fueron Carmenère (viñas Arboleda, Caliterra, Santa Amalia y Ravanal), todos con puntuaciones de excelente a excepcional, confirmándose la sostenida evolución en la calidad de la producción de estos vinos. El interés por el Carmenère ha sobrepasado las fronteras del país, despertando gran interés en algunos países latinoamericanos y en Australia, California y China. Además, Francia plantea la urgente necesidad de obtener un clon de la cepa, para garantizar su calidad sanitaria en el futuro.

Osiris otorga a Egipto uno de los motivos de su perennidad: el misterio de la resurrección. Se convierte en el Rey de los Muertos y de las fuentes de vida renovadas. Este hecho mágico se relaciona con el valor especial que posee el inesperado rescate de una variedad que se creyó perdida para siempre y que hoy, redescubierta, deslumbra con sus posibilidades. Transformada en el emblema de la vitivinicultura chilena, podemos augurar que, como el dios, ha vuelto a la vida. Para quedarse.

Notas de cata

El Carmenère huele a frutillas, a chocolate, a moras maduras, con notas de pimienta. Presenta gran intesidad frutal y frescor. En la boca sus taninos por lo general son suaves y su acidez es más baja si se la compara con el referente habitual del Cabernet Sauvignon. Es un vino amable, abordable en el corto plazo. Un Carmenère varietal, joven, ligero, perfectamente puede servirse más frío y acompañar un pescado como el salmón, la corvina y el atún. Van perfecto con pastas bajo salsas en base a crema, parmesano y  tomate.
 
Nicolás González Feliú